domingo, 11 de febrero de 2007

¿Por qué no...más ciudad?


El viernes regresé a la Ciudad, sí les parece que vivo en un pueblito, pues sí así es, no están equivocados. Fui a la oficina de Qantas para cambiar la fecha de regreso a México, la tengo para el 14 de noviembre, pero en realidad no pretendo regresar sino hasta diciembre. No pude lograr el cambio, del 18 al 25 de diciembre, ya no hay boletos de LA a la Cd. de México, los paisanos ya aseguraron pasar las fiestas decembrinas con su familiana, yo no. Después de tan terrible noticia, me fui a la National Gallery of Victoria, donde pude ver una exposición de Juan Dávila, un pintor chileno que en lo personal no me terminó de convencer, sí lo admito, aún soy muy conservadora en mis gustos por la pintura. Una de sus obras se llama Mexicanismo (1990) y me ofendió un tanto ver en la parte inferior una leyenda que decía “we like to opress poor people”, su trabajo es un collage en el cual destaca un telar con la imagen de la vendedora de flores, que Diego Rivera pintó, después recapacité y pensé en esta famosa frase, la verdad no duele, pero incomoda. Este lugar de exhibición es muy grande y muy bello, salvo por los puentes de cristal que naturalmente como todos los puentes me provocaron miedo, porque no me gustan las alturas y porque hacían crack conforme iba caminando, tan sólo pensaba: “¡Qué diablos desayuné en la mañana, espero no estar muy pesada, creo que debería adelgazar! Finalmente, se me quitó lo naco y tonta y pude observar algunas pinturas de Monet, Manet, Renoir, Sisley y Tissot, que definitivamente son lo que me gusta ver. Caminé un tanto más por la ciudad y llegué a Bourke Street, que no es más que otra calle más para ir de shopping y donde están los grandes almacenes parecidos a Liverpool y a El Palacio, Myer y David Jones respectivamente. Me curé la depresión de no poder regresar a casa en Navidad con una sobredosis de chocolate, (café mocha y brownie de triple chocolate fudge del Starbucks, ese lugar es terapéutico) que me dio felicidad y mucho placer por unos cuantos minutos. Más tarde tuve que intentar otro remedio infalible, sí el shopping, me compré un teléfono celular, que necesito, no sé para qué, si no tengo quién me llame, pero lo necesito y 25 horas de Internet prepagado o 45 días para usarlo, lo que llegue primero, o probablemente ninguno porque aún no puedo descifrar cómo echarlo a andar en mi lap. Obviamente, todos los remedios terminaron en una cruda moral al día siguiente, (salvo el shopping, que fue relativamente apropiado) pero se me quitó saliendo a correr.

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